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Humanidad

  • Foto del escritor: Núria Fernández Bermejo
    Núria Fernández Bermejo
  • 14 sept 2020
  • 3 Min. de lectura

¿Sentir o elegir?

Antes solía pensar que todo sería mejor si tuviera la capacidad de controlar aquello que siento. Creía en una vida más fácil que solamente sería posible si pudiera decidir sobre mis emociones, sobre lo que remueve mi interior, como si sentir fuera cuestión de pedir comida en un restaurante.


A veces no es fácil sentir. Y no por el acto mismo de hacerlo, sino por la existencia de lo convencional, de las normas no escritas del mundo en el que vivimos. El mundo quiere que expreses tus sentimientos, pero que no lo hagas demasiado. Porque hay sentimientos inapropiados e incómodos. Sin embargo, si no los expresas, serás visto como una persona hermética, deshumanizada, que no tiene las herramientas emocionales necesarias para hacerlo. Y eso tampoco gusta, tampoco está bien. Porque, no nos vamos a engañar, todos sentimos Y también todos nos callamos sentimientos e incluso hay una buena parte de la población que guarda en silencio la mayoría de ellos.


Hay numerosos ejemplos para ilustrar esto. Está bien que compartas frases tristes y depresivas en Instagram, pero no lo estará tanto que le digas a alguien que te sientes deprimido y mal la mayoría del tiempo. Es bonito que escribas poemas de amor, pero puede resultar incómodo que le confieses a esa persona que en realidad te gusta. Es comprensible que llores si has perdido a un ser querido, pero no lo será que lo hagas cuando vayas en autobús de camino al trabajo, porque te has puesto a pensar en tus problemas. ¿Por qué hay tanta gente que llora sola por las noches? A veces la ira y la rabia son vistas como algo malo e incomprensible, cuando en realidad todos tenemos derecho a enfadarnos, siempre y cuando no dañemos a nadie.


A veces el mundo parece un concurso por ver quién siente menos. Quién muestra menos interés es a su vez más interesante, más deseable, más valioso. La independencia emocional llevada al extremo, el desapego constante, todo eso es visto como un atractivo, como algo que te convierte en inalcanzable. Mientras tanto, el que siente intensamente y se le nota en algo, es un personaje entrañable que tiene todas las papeletas para salir perdiendo.


¿Sería todo mejor si pudiéramos elegir lo que sentimos?


Encadenar el corazón a la toma de decisiones. Esa toma de decisiones es, por naturaleza, imperfecta. Se ha comprobado que tener demasiadas opciones nos genera ansiedad e insatisfacción, en lugar de hacernos más felices. Es más bien al contrario. La sensación de haber elegido mal se multiplica con el número de opciones disponibles. Por otro lado, también se sabe que a lo largo del día nuestra capacidad para tomar decisiones se va deteriorando. Si pudiéramos encender y apagar los sentimientos como si de un interruptor de la luz se tratara, viviríamos siendo esclavos de nuestras decisiones que, seguramente, cada vez nos demandarían dosis más grandes de dopamina.


Seríamos máquinas de buscar placer a través de los sentimientos prefabricados que nosotros mismo elegimos. Máquinas de evitarnos sufrimientos que nos harían crecer como personas, que nos enseñarían lecciones de vida. Cambiaríamos lo que somos, porque cambiarían nuestros recuerdos. No solemos recordar las situaciones en sí, sino lo que sentimos en ellas. Lo mismo nos ocurre con las personas.


Más de una vez me he preguntado por qué siento algunas cosas. Y por qué soy incapaz de dejar de hacerlo a pesar de que mi cabeza así me lo reclama. También es verdad que es difícil dibujar una frontera entre razón y sentimientos. Lo que pensamos afecta a lo que sentimos y viceversa. Pero con el tiempo me he dado cuenta de que la respuesta a tantas preguntas era solo una palabra: "humanidad".


No hay ninguna rareza. Ninguna complejidad que entender. Ningún misterio. Sentimos (no importa el qué) porque somos humanos.


Y nadie debería atormentarse por ello.




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